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"El problema es cuando te encierras en las redes y te compras tu propia mentira digital", entrevista con: Isa Gómez, estudiante de psicología y creadora de contenido

  • Writer: Beatriz Velazquez
    Beatriz Velazquez
  • May 19
  • 7 min read


Hoy en día, las plataformas digitales se han convertido en un escaparate de vidas aparentemente perfectas, impactando la salud mental de millones de usuarios. Para profundizar en este fenómeno, se entrevistó a Isa Gómez Valdés, estudiante de psicología de 26 años y creadora del proyecto digital “Esencia y Conciencia”. Con una visión crítica y empática, comparte su perspectiva sobre los estigmas de la salud mental en México y la necesidad de un consumo digital.


En esta entrevista, la futura psicóloga explica cómo el uso excesivo de redes afecta la autoestima y puede detonar trastornos como la dismorfia corporal. Asimismo, nos brinda herramientas para poner límites al algoritmo, consejos prácticos para padres que buscan proteger a sus hijos en la era digital y su postura respecto a la romantización de las relaciones tóxicas en los medios y la cultura pop.


Para empezar, ¿podrías hablarnos un poco sobre tu formación psicológica y las áreas en las que te interesa trabajar en un futuro? 

Comencé a estudiar psicología a los 24 años porque era algo que quería desde la preparatoria, pero no pude hacerlo de inmediato por los estigmas que mis papás tenían sobre la carrera. Al principio me dio miedo dar el salto por ser un poco más grande que el resto de mis compañeros, pero decidí hacerlo porque lo tenía muy claro. Aunque entré convencida de que me dedicaría al área infantil, las prácticas me demostraron que no es lo mío. Actualmente, estoy segura de que quiero inclinarme hacia la psicología organizacional y la clínica, con un interés muy particular en el ámbito de las adicciones.


En tus redes sociales tienes un proyecto llamado "Esencia y Conciencia", ¿qué te motivó a crear este espacio sobre salud mental? 

Es un proyecto que empecé hace muy poco, aproximadamente cinco meses. Sigo muchas páginas de psicología y entiendo que en la época en la que vivimos, la mejor forma de llegar a las personas es mediante las redes sociales. Como todavía estoy en la carrera, sé perfectamente que no puedo dar terapia ni acompañamiento formal hasta que me gradúe. Por ello, pensé en las redes como la vía ideal para compartir de forma responsable este conocimiento tan bello que voy adquiriendo.


Desde tu experiencia, ¿por qué crees que las redes sociales afectan tanto la autoestima de las personas? 

Afectan principalmente porque nos hacen caer en las comparaciones. Quienes creamos contenido y me incluyo porque yo misma he caído en ese error tenemos una fuerte tendencia a aparentar que todo en nuestra vida, cuerpo y personalidad es perfecto. Lo que más daña la autoestima es el esfuerzo constante por mantener una expectativa impecable y proyectar una imagen irreal que todos hemos ido construyendo colectivamente en internet.


Hoy vivimos rodeados de filtros y edición, ¿cómo se relaciona esto con la dismorfia corporal que se observa tanto en la actualidad? 

Es un tema muy fuerte porque los filtros de internet se ven cada vez más reales. A mí me pasó cuando empecé a grabar videos en TikTok cerca de la pandemia; luego me veía en el espejo y sentía que no coincidía con mi imagen en la cámara, lo que me generó una dismorfia corporal personal. El conflicto y el peligro aumentan cuando te comparas con personas que en internet lucen una piel perfecta o cuerpos extremadamente delgados, ignorando que los cuerpos reales se transforman, por ejemplo, al sentarse. Las redes han incrementado en exceso este problema, haciendo que personas que están físicamente sanas no logren verse bien a sí mismas.


¿Qué señales podrían indicarnos que alguien ya está siendo afectado emocionalmente por el uso de las redes sociales? 

La primera señal es el exceso de dependencia, manifestado en la necesidad constante de consumir tendencias para saber cómo vestir o cómo actuar para encajar en la sociedad. También existe una tendencia, muy marcada en mujeres, a imitar por completo la personalidad o la apariencia de alguien de internet bajo la justificación de que "está de moda". Finalmente, el aislamiento es clave: la persona deja de estar presente en su vida real para mudarse a lo digital, construyendo una apariencia colorida y perfecta en su perfil que contradice por completo su realidad, donde quizás se muestra apagada, enclaustrada o desanimada.


¿Qué tan peligroso crees que es el extremo de condicionar nuestras emociones a la aprobación externa, como los likes o seguidores? 

Es sumamente peligroso. Cuando inicié en las redes experimenté esa ansiedad de pensar si a la gente le gustaría lo que hacía o si me veía lo suficientemente bien ante la falta de likes. Si yo lo sentí en un nivel leve, imagínate el impacto en la enorme cantidad de usuarios que hoy no tienen filtros de edad o de estabilidad mental. Muchas personas que no reciben la aprobación o atención necesaria en sus hogares corren a buscarla en las pantallas, generando una dependencia emocional severa y muy destructiva.


¿Por qué resulta tan difícil separar la vida real de la imagen que construimos en nuestros perfiles digitales? Es difícil si no se tiene un pensamiento consciente. Como creadores sabemos que vamos a publicar lo que mejor se ve; no vas a subir una foto acostada en la cama en un día de caos, prefieres la foto del día que saliste a andar en bicicleta. El verdadero peligro surge cuando no hay conciencia para trazar una brecha clara entre ambas realidades, provocando que la persona se encierre y se compre su propia mentira digital. Debemos recordar que lo que se muestra en redes suele ser un estándar inalcanzable; la vida real incluye días caóticos y desorganizados.





Mencionabas que todo esto se agudizó con el confinamiento, ¿qué papel jugó la pandemia en esta desconexión? 

La pandemia nos encerró en una incertidumbre para la cual nadie nos preparó. Al volverse todo completamente digital las clases, el trabajo y las interacciones nos refugiamos masivamente en las redes sociales; de hecho, muchos creadores actuales comenzamos en esa etapa. El problema es que hubo personas que psicológicamente se quedaron atrapadas en esa dinámica y no supieron cómo salir de ese bucle digital.


Al hablar de eventos masivos surge mucho el término FOMO. A nivel psicológico, ¿cómo definirías este fenómeno?

El FOMO (Fear of Missing Out) es el miedo real a quedar apartado de una situación, algo que todos hemos sentido en menor o mayor medida, desde escuchar a tus compañeros secretearse en el salón hasta no poder ir al concierto de tus sueños. Sin embargo, la inmediatez de las redes sociales nos hace sentir falsamente cerca de todo. A nivel psicológico, el FOMO ha crecido tanto que la gente ha empezado a confundirlo con la envidia. Sentir el deseo de estar en un lugar es normal, pero transformarlo en un miedo obsesivo por estar pendiente de todo para no ser excluido deja de ser sano.


Para quien desee desintoxicarse, ¿cómo se puede empezar a utilizar las redes de una forma mucho más saludable? 

Mi consejo principal es tomar el control del algoritmo. Cuando yo sufrí por las comparaciones, mi terapeuta me ayudó a ver que las redes alimentaban mi ansiedad, así que hice una limpieza profunda. Dejé de seguir a modelos e influencers que representaban una comparación tóxica y empecé a usar el botón de "no me interesa". En lugar de buscar cuerpos irreales, cambié mi consumo hacia contenido de ejercicio y cuentas de psicología orientadas al amor propio. Lo más difícil pero indispensable es generar conciencia de lo que te hace daño y tomar la acción firme de dejar de buscarlo.


Tú misma has tomado descansos digitales de meses, ¿de qué manera te ayudó mentalmente apartarte de las pantallas? 

Me ayudó muchísimo a reconectar con la realidad y con las personas que amo. Todos hemos caído en el error de estar en la mesa compartiendo un meme en el teléfono en lugar de preguntar de forma genuina cómo estuvo el día del otro. Al aburrirme sin el teléfono, volví a conversar a profundidad con mi mamá, vi series y me enfoqué por completo en mis estudios. La vez que más tiempo me alejé coincidió con mis exámenes finales y estoy convencida de que me fue mucho mejor gracias a la capacidad de concentración que recuperé al evitar el scroll infinito.


En el caso de personas que no tienen un acceso sencillo a una terapia económica, ¿qué alternativas sugieres para trabajar el amor propio? 

Si la terapia privada no es accesible por los altos costos, los podcasts sobre crecimiento personal son una excelente herramienta formativa. También recomiendo ampliamente el ejercicio de escribir lo que sentimos, ya que está comprobado que es una práctica sumamente terapéutica y relajante. Otra técnica muy efectiva para el amor propio es el uso de afirmaciones. Yo utilizo una aplicación que me arroja frases positivas, y cuando pasas por un momento complejo, lo ideal es pararte frente al espejo, mirarte fijamente y repetir frases como "soy capaz de lograr grandes cosas", asimilando de verdad que tu valor es intrínseco.


Pasando a otro tema derivado de internet, ¿qué opinas sobre las relaciones parasociales donde el público se siente "dueño" de las celebridades o influencers?

 El error fundamental radica en creer que posees algo que no te pertenece ni está bajo tu poder. Esto se vincula con la peligrosa necesidad de aprobación y el ego. Lamentablemente, el acumular seguidores o likes hace que muchos creadores de contenido desarrollen un sentimiento de superioridad infundado. Vemos casos de influencers con millones de seguidores que se portan sumamente groseros cuando sus seguidores los saludan en un espacio público, actuando como si les hicieran un favor. Olvidan por completo que ese poder e influencia es algo que nosotros mismos les otorgamos como espectadores.


Es alarmante ver a niños pequeños con acceso desmedido a plataformas como TikTok. Desde tu experiencia en prácticas, ¿cómo afecta esto su desarrollo? 

Es un problema gravísimo que presencié en mis prácticas. El condicionamiento empieza desde que un bebé llora y, en lugar de calmarlo con paciencia, se le da un iPad para que se calle; el niño crece asociando que sus problemas emocionales se solucionan con una pantalla. Atendí a una paciente de solo 11 años que hablaba y se conflictuaba por temas de maquillaje o noviazgos como si tuviera 20 años, todo porque su madre le tenía prohibidas las redes pero le permitía usar TikTok, ignorando que ahí se concentra el mismo contenido que en el resto de internet.


¿Cuáles serían tus recomendaciones puntuales para los padres ante esta inminente era digital? 

Aunque me tachen de extremista, mi primera recomendación es que los menores de edad no tengan redes sociales. Entiendo la necesidad de comunicación, pero se pueden usar teléfonos básicos sin aplicaciones o configurar filtros de control parental estrictos vinculados a las cuentas de los adultos. El daño de ser excluido por no tener Facebook o Instagram es infinitamente menor que el daño psicológico del ciberbullying o la exposición a contenidos de adultos. Si deciden permitirles el acceso, inspeccionar sus cuentas, saber con quién hablan y monitorear su privacidad no es violar su intimidad, es protegerlos de peligros reales como los depredadores en internet. Los padres deben informarse sobre el entorno digital y mantener diálogos constantes y conscientes con sus hijos para recordarles su valor real frente a las pantallas.





 
 
 

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